Subjetividad

Tal como la capacidad de discrepancia y la de raciocinio, es una característica ineludible de todo ser humano. Con frecuencia solemos creernos libres de ella, pero es esto completamente imposible. Casi en la mayoría de los casos (por no decir en todos) se es objetivo para ciertos aspectos en que, culturalmente, hemos creído desde nuestro nacimiento, y se es subjetivo justamente por lo mismo. De este lado del globo nos parece sumamente violenta la cultura de los caníbales, para dar un ejemplo extremista, donde un humano es capaz de comer a otro. Es común, normal, y, como dije anteriormente, HUMANO. Ahora, esta pequeña reflexión deviene en una pregunta que pocas personas se hacen con frecuencia: ¿Qué pasa cuando esa subjetividad nos impide ver ciertas cuestiones, subestimar otras, o maximizar la importancia de aquellas? ¿Cuándo se vuelve esta subjetividad característica de nosotros mismos una traba para nuestra mirada? Y otra aún más importante: ¿Es posible modificar dichas subjetividades? ¿Es realmente posible? Como dije anteriormente, nuestra misma humanidad nos prepara para juzgar. Juzgamos las conductas del que las comete, nunca de nosotros mismos, como si de pronto nosotros nunca hubiéramos cometido actos semejantes, o condenado a alguien sin motivos aparentes. Etiquetas, apodos, rótulos. Sinónimos, acepciones, caras de un mismo cubo con el que todos jugamos por igual. No hace falta entrar en una clase para verlo, se ve día a día en la televisión, la nefasta televisión que solo promueve intolerancia hacia las opiniones del otro, que si el otro opina diferente estoy en todo mi derecho de insultarlo y, lo he visto, hasta golpearlo. Tal y como vaticinó un loco y delirante visionario, miles y miles de años atrás, quizá¡ parado al lado de la puerta de una fábrica recién fundada, por allá¡, en la Gran Bretaña del siglo XVIII, harapiento, con un cartón en las manos que decía “SE ACERCA EL FIN DEL MUNDO” o como supo decir Sábato en algún libro suyo: “Todo corrobora que en el interior de los tiempos modernos, fervorosamente alabados, se estaba gestando un monstruo de tres cabezas: el racionalismo, el materialismo y el individualismo”. Todas estas cuestiones juegan muy en contra cuando estamos en presencia de un docente, o futuro docente. Debo decir que, personalmente, he luchado contra ellas inconscientemente durante un largo tiempo hasta poder vencer algunas. He ido a villas, pensando constantemente que iba a encontrar no sólo droga sino también prostitución y crímenes en las calles como cosa de todos los días, cuando eso en realidad pasa en todos los ambientes. He ido a escuelas privadas y he confiado más en la calidad educativa de ellas, hasta que fui a un I.P.E.M. y descubrí­ que eso es completamente indistinto. He subestimado a las clases sociales más carenciadas, y he sobreestimado a las pudientes. Hasta he dicho: “Esta película debe estar buena porque está ¡Tom Hanks y la película resultó ser malísima. La subjetividad está¡, no importa dónde nos fijemos; y está¡ tan asumida dentro nuestro que no nos damos cuenta cuando respondemos a esas estructuras internas. Me animo a afirmar que esa famosa capacidad de raciocinio y discrepancia es lo que nos convierte en seres vulnerables a la subjetividad. TODOS, sin excepción, todos los seres humanos somos seres subjetivos y tenemos nuestro lado individualista aflorando constantemente. Todos respondemos a un modelo cultural mundialmente difundido, el nefasto capitalismo y su famosa “ley de la selva” en donde, si puedo, me salvo yo a costa del otro, y por eso soy mejor persona. De alguna manera, la educación está¡ para erradicar esta “manía”, por así­ decir, de someter todo y a todos a nuestro constante juicio, y promover conductas más tolerantes, más objetivas (aunque la objetividad, al igual que todo modelo perfecto adaptado al humano, sea una completa utopía).

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