La verdad más abstracta

Caminando por la calle viendo la gente pasar. Caían por delante para mirar atrás, daban vueltas sobre su cabeza, con la lengua fuera y sin respirar. Todos pasan y pocos se quedan, casi todos se quedan para actuar y tratar en su método, haciendo que copian pero siguen sus generaciones al pie de la letra. Aún menos se atreven a intentar unos pasos y se asustan al avanzar, acostumbrados a la estadía estamos y encima nos creemos veloces sólo por ser rápidos prisioneros de nuestro impulso. Esos que avanzaron ese paso sin mirar, se asustan al abrir un poco los ojos, presa del pánico como al borde de un acantilado infinito… Corren atrás y justifican adelante, pero nunca adentro. Se fueron.

Sólo uno o dos se quedaran cerca del centro, no centro por ser el absoluto, sino centro más cercano a otro centro. Como el centro de una flor, formado por miles de granos de polen alineados inmutables de hermosa armonía silenciosa que pertenece a la flor, que pertenece a la planta, que pertenece al suelo, que pertenece a la tierra, que pertenece al creador. Miedo de ser tan poco, eso tenemos.

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