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Hoy pensaba, después de un par de acontecimientos recientes, cuán estúpido puede uno llegar a ser. Con cinco años te quemás con la pava caliente, y aprendés que no la tenés que tocar más cuando está caliente… ¡pero no! ¡La volvés a tocar, carajo!… Y decía, ¿puede uno amar por igual a dos personas? ¿Puede uno encontrarse por igual en dos personas? ¿Existe posibilidad alguna de que, en algún recóndito lugar de la tierra, encontremos no un alma gemela, sino dos?… ¿O será, acaso, que estamos equivocados con una? ¿Y si lo es con las dos?…

Este último tiempo he estado en silencio por mucho. Silencio enriquecedor, de ese que te llena de plenitud. Será quizás por haber encontrado cierto equilibro y haber despertado, una noche, a las cinco de la mañana, totalmente empapada en sudor frío y balbuceando como una niña el nombre de papá. Y, después de no tocar el agua por cinco días seguidos, me metí bajo la ducha hirviendo y limpié absolutamente todo lo que estaba ahí que no me dejaba vivir tranquila. Salí caminando lentamente, y me sorprendió reconocer a la persona que estaba en el espejo, justo al frente mío. “Hola, de nuevo” me dije. ¿Será, quizás, una sorpresa mutua? Escuchando como un eco aquella música tan mística que Pantera pudo lograr a través de Planet Caravan me acosté y miré, no sé por cuánto tiempo, el techo blanco de mi habitación. Miraba la pintura, su textura visual, aquel lugar en que el techo se unía con la pared, con aquel color verde manzana que había elegido tantos años atrás. Recordé. “El techo siempre tiene que ser blanco, para que te descanse la vista”. Sí, papá tenía razón. Cerré los ojos, y lo vi. Ya nada era igual, no.

Me levanté de un salto, abrí la puerta de mi habitación justo a tiempo para sentir aquella ráfaga helada penetrando mis huesos, cada uno de ellos, convirtiéndolos en una contraída masa de hueso y músculo. Miré fijamente la oscuridad, no recuerdo por cuánto tiempo, y lo último que recuerdo fue despertarme nuevamente en mi cama, bañada en sudor frío, balbuceando como una niña el nombre de papá. “¿Deja’vù?” Pensé. Y volví a dormir.

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